
Y disfrutamos muchísimo más cuando podemos contestarles y darles una explicación (más o menos lógica o veraz) que satisfaga su curiosidad. Vemos cómo sus ojos se iluminan llenos de admiración: mi madre o mi padre ¡¡¡lo sabe todo¡¡¡.
En ese momento te sientes el rey/la reina del mundo ¿verdad?. Pués un consejo: disfruta ese momento, porque no durará mucho.
Por desgracia, un día tu hij@ te hace una pregunta y tú no tienes la respuesta que él/ ella espera. Entonces te das cuenta de que tu niñ@ te acaba de bajar del pedestal.
Todavía recuerdo el día que mi hija me hizo “humana” en menos de 30 segundos: ella tenía 2 años y yo estaba embarazada. Reproduzco el diálogo, que me quedó marcado a sangre y fuego:
- Mamá: ¿tu barriga está ahora gorda por que tienes a un hermano dentro?.
- Sí cariño. Y va a nacer dentro de poco.
- Pero ¿se va a quedar aquí todo los días o va a dormir con otras personas?.
- No, cielo. Va a vivir aquí con nosotros toooodos los días.
- ¿Y por qué? ¿Para qué sirve un bebé?.

Esto mismo nos puede pasar en el trabajo: cuando pretendemos supervisarlo todo sin dejar que los demás puedan desarrollar la iniciativa necesaria para buscar sus propias respuestas, nos convertimos en imperfectos.
Cuando no somos lo suficientemente generosos para enseñar a los demás, serán ellos los que nos pregunten a cada paso. Y si no tenemos la respuesta, caeremos del pedestal rápidamente.

Cuando no somos lo suficientemente valientes (yo diría mejor coherentes) para reconocer que no sabemos una cosa o que no hemos equivocado, nos despojarán inmediatamente de nuestra condición de “ídolos”.
Si no escuchamos, si no tenemos en cuenta la opinión o los sentimientos de los demás, si nos auto colocamos en la peana, ésta se quebrará rápidamente cuando se nos vean nuestros piés de barro.
Y si en el caso de l@s hij@s quizás puedas recuperar su confianza y admiración actuando en otras facetas, cuando hablamos de tu ámbito profesional, recuperar la confianza perdida puede ser un trabajo que no acabe de dar frutos.